martes, 22 de julio de 2008

ENTENDIENDO


Jamás te pensé en mi cama...
tal vez por eso me guste tanto verte descansar en mi almohada...

Jamás te pensé tan cerca mío...
tal vez por eso disfrute tanto al reposar mi cabeza en tu pecho...

Jamás me pensé tantas veces a tu lado...
tal vez por eso me haya enamorado...

Es mucho tu respeto, es reconfortante tu cariño, es increíble tu caballerosidad... esto es sólo parte de lo que hace de vos...
un hombre encantador...

Es poco decirte que te quiero, es poco decirte que te adoro...
No dejo de soñar... pero quiero que este sueño sea real...

jueves, 3 de julio de 2008

TU MIRADA


Qué lindo es mirar esos ojos que con sólo mirar los míos -como saben mirarlos- me encienden como me encienden... Qué placer sentir como tu mirada me hace el amor cuando tus ojos no se mueven de la línea recta e inquebrantable hacia los míos...
Plenitud absoluta siento al hacer el amor
mientras nuestras miradas juegan a mirarse... Mirada especial, la tuya. Mirada enamorada, la mía. Mirada profunda, la tuya. Mirada encendida, la mía. Miradas sostenidas... que se hacen una...
Tus ojos penetran los míos y una cálida playa nos rodea, la espuma fresca nos acaricia los pies y el viento se encarga de que mi cabello te acaricie mientras me besás.
Tu mirada falta cerca mío y todo parece convertirse en un desierto tan extenso, tan abierto que oprime mi pecho, me ahoga.

Te espero, sé que hoy vas a venir, en un rato, tal vez más tarde... miro el reloj y éste parece estacionar sus agujas cada vez que percibe mis ojos ansiosos... ni él parece comprender mis enormes ganas de abrazarte...

viernes, 23 de mayo de 2008

RATOS


Son ratos en los que quisiera que desaparezcas...
Y ya no saber de vos,
ya no sentir tu mirada rozar mi alma a través de mis ojos,
ya no arder cuando tus manos se posan en mi piel...
Y verme enamorada sólo en un dulce recuerdo.

Son ratos en los que quisiera no haberte conocido...
Y ya no querer sentir tu boca,
ya no enloquecer por el perfume de tu piel,

ya no pensar en vos,
ya no volar cuando tus besos recorren mi cuerpo...
Y dormir sin el deseo de tu calor junto a mi, de algunas noches...

Son ratos, sólo eso, apenas eso, ratos... porque...
algo más tarde, felíz, agradezco sentir lo que siento, vivir lo que vivo, gozar lo que gozo...
Sonrío y te agradezco por ser productor de todo esto... tan lindo como saberte cerca, como haberte conocido.


sábado, 10 de mayo de 2008

EN MI

El sueño me envuelve, alejando con un suave soplido la música y acomodando cada pedacito del sofá a mi cuerpo.

Siento despertar al verte acá, a mi lado...

Con mi sonrisa te digo que sabés como mirarme...

Que tenés el don de reconocer mi vocecita... cansada, tristona, feliz o eufórica...
Y eso me hace bien.

Con mis gemidos te cuento que sabés exactamente cómo acariciarme...

Hacés que me deslice entre tus brazos y besos...

Mis besos te dicen que quisiera seguir soñándonos.
Queriéndonos.
Sintiéndonos.
Mimándonos.
Despertar y verte.
Despertar y amarte.
Despertar y que me ames...


La tarde pasa, el frío del atardecer me despierta.
Y sé que no estás acá (aún).
Y sabés que estás en mi...


viernes, 9 de mayo de 2008

Y tu sonrisa


No esperaba que te fueras.
No lo quería.
No hubiera podido imaginarlo, siquiera.

Y ya no estás.
No puedo pensar en que tu partida duela, no puedo dejar caer mis lágrimas, no puedo porque pienso en vos.
Porque pienso en tu dolor, también en el de ya no ser... de hace meses.
Te tengo en mi alma.
Desparramando energía, contagiosa, inquieta, plena.

Y tengo tu sonrisa impecable, felíz, sana... esa que supo dibujar la mía...

Alcanza para decirte que estás, como siempre, aunque ya no puedas oirme.
Para un 'nos vemos, Edgar...', aunque ya no pueda abrazarte.


Frente a mi, hace rato que la vida fue declarada inimputable.


Siento que aprendí a vivir con la finitud, de las cosas, de los momentos, de la vida.
Tal vez sea eso lo que hace que sea tan placentero un beso, que un abrazo se convierta en un todo mientras abraza, que una llamada telefónica sólo para compartir un manojo de risas sea tan bella... y tantas otras situaciones...
Tal vez sea eso lo que hace que mi hoy, mi ahora, sea lo primordial... el simple hecho de saber que es un instante que dejará de serlo en cuanto comience el próximo y de saber que en algún momento ya no habrá más instantes para mi...

miércoles, 30 de abril de 2008

Cuando los demás no están


-Demasiado trabajo- venía pensando al entrar al edificio -por suerte, esa picadita en el último rato hace las veces de cena-.
Hoy si que es bastante tarde, supongo que los demás estarán todos durmiendo.
Sacándome con apuro la ropa me dirijo al baño, con pasos suaves, no quiero despertarlos y pronto a la cama... necesito dormir... sé que mañana no trabajo, pero mi cansancio es enorme.
Enseguida dejo el libro sobre la mesa de luz y oscurezco la habitación.
Vueltas y más vueltas de mi cuerpo parecen no encontrar el descanso, pienso en ellos.

Y por tercera vez lo mismo: me levanto, voy al baño para mirar la hora sin molestar a los demás.

-¿Qué demás? me preguntaré mañana o tal vez en un rato.
Hace tiempo que en casa ya no están los demás... pero fue tanto tiempo que todavía creo sentirlos...
Con un trago en la mano y los cigarrillos en la otra voy hacia el escritorio (aunque no me guste llamar así al rinconcito que había armado en aquellos tiempos en que tenía que resguardarme del barullo tormentoso de los demás y que mantengo por una de esas lindas costumbres arraigadas ya)

Revolví un poco con la mirada viejos escritos.
Tomé la lapicera y una nueva hoja que prolijamente incliné hasta dejarla en diagonal al borde de la mesa y exactamente paralela a mi antebrazo. Apoyé la pluma. Sonreí. Dejé la lapicera sobre la hoja y encendí un cigarrillo; notando que era el último recordé que no podría pedirle otro a los demás... de todos modos la sonrisa en mis labios volvió a brotar, para cuando ellos se fueron ya no quería soportarlos más.
Con pasos fuertes, con pisadas ruidosas, tiranas, que sonaban como jactándose de la soledad y del placer de saber que ellos ya no estaban me dirigí nuevamente a la cocina con intenciones de llenar mi copa. Hormigas. Desordenadas. Sobre senderos zigzagueantes. Torpes. Distraídas. Perdidas... tejí en mi mente una pequeña historia acerca de ellas, tan raras, hasta titubeaban frente al precipicio del borde de la mesada.
Volví cantando alto hacia el escritorio -aunque reniegue al llamarlo así- y me senté nuevamente frente al papel ansioso de ser tocado por su amante, la pluma. Amante que algunas noches acaricia con frenetismo todo su cuerpo y otras sólo se dedica a mirarlo; que detiene su respiración cuando escribe "beso", que lo provoca escribiendo "miradas", que lo siente excitado cuando espera que le escriba "orgasmo".
Noté cómo se deseaban y sin embargo el papel continuaba prolijamente acomodado sobre la mesa y la pluma firme pero inmóvil en mi mano.
Suspiré. Me costaba aceptarlo hasta anoche... pero ellos no están y es difícil desparramar palabras y jugar con ellas.

Durante mucho tiempo ellos fueron mi inspiración, mis escritos me ayudaban a aceptarlos, a cambiarlos, pero ya no convivo con el miedo, tampoco está en casa la ansiedad, ni siquiera los nervios y el mal trato se fue con ellos.

Seguramente escribiré esta noche acerca de las hormigas perdidas en mi cocina.
Sonreí, con paz.

lunes, 21 de abril de 2008

Noches y noches

Hay noches azules que adoro, en las que leo, vuelo, me relajo, me duermo sonriente y sueño mis sueños...

Hay otras que pesan, en las que el mundo entero parece pesar, doler, que antes de que empiecen deseo que terminen, en las que la oscuridad me abruma, la almohada me lastima, en las que me ahogo, me desarmo hasta soltar lágrimas que no quiero ver, me caigo, la esperanza se esconde entre las sábanas, me siento débil... temo, tiemblo y sólo me duermo... y no siempre...

Por suerte mis mañanas están siempre cubiertas por un sol de ganas, con sonrisas de rocío, con enormes vientos de fortaleza.

Hoy es una de esas noches... del grupo de las otras... sólo espero ver mi sol mañana en el espejo cuando me levante...

lunes, 14 de abril de 2008

Ya era tarde.

Gritaste. Golpeaste con furia un viejo portón de madera marrón. Te fuiste enojado. Te fuiste corriendo.

Yo, que había bebido más licor que el de costumbre, poco podía entender tu reacción. Más de una vez tu ira sacudió de esa forma tus pies... y siempre te pensé queriendo escapar del momento, de tu vida, de tu cuerpo al menos.


Seguí caminando en dirección a vos, como siempre, esperando encontrarte en alguna esquina, llorando, balbuceando palabras mezcladas, intentando una disculpa, un abrazo. Aunque poco parecía importar ese momento en el siguiente episodio de insultos que avergonzarían a tantos...


Una cuadra y media hice por Defensa en dirección al parque Lezama, una cuadra y media y las voces al pasar hacían un eco raro en mi cabeza, una cuadra y media y el empedrado se alejaba sin dar ni pedir explicaciones.


Casi llegando a Cochabamba, caminaba por el medio de la calle, aprovechando que estaba cortada por las reparaciones de una cornisa en la esquina que pasé -hace tanto ya...- y te vi venir, si, juro que te vi. Pero mi cuerpo sólo segía indicaciones sencillas.


Tus ojos apuntando a los míos, encandilándome.

Brillantes, como nunca.

Venías a gran velocidad.

En dirección directa a mi.

Apuntándome.

Me asustaste.

Te grité...



Ya era tarde, por todo tu enojo.

Ya era tarde, por todo mi alcohol.

Ya era tarde, por toda tu ira.

Ya era tarde, por toda mi tolerancia.

Ya era tarde...



En segundos, diste contra mi cuerpo. En segundos, pasaste con la rueda derecha sobre mi...

sábado, 12 de abril de 2008

ALMAS QUE ESTALLAN


Cada mañana, esa media sonrisa te recibe.
Cada tarde, ese deseo... inmanejable ya.

Días bañados de miradas, no podés dejar de mirarla, ni ella evadir tu mirada, miradas que hablan, acarician, penetran, empapan...

Noche abrazada por la lluvia.
Saturada de fantasías.
Besos robados. Besos que quieren ser robados.
Roces buscados.

Caricias sutiles, las tuyas, caricias que excitan.. que buscan confirmar sus ganas de sentir que la abrazás toda...
Alma que enciende, almas que arden.
Almas que quieren tocarse.

Cuerpos que quieren sentirse. Entregarse.
Deseos que quieren volar, tocarse, unirse, saborearse y no sólo provocarse... darle por fin, un fin a este comienzo.

Ella sabe que tu boca quiere sentir la suya, que cada vez se acerca más y, desde que sentió tu piel, sabés que sus labios te esperan.

Almas que desean respirar agitadas, unidas por sus cuerpos, su piel, su deseo, sus ojos... aguardando ese momento en que, enloqueciéndose mutuamente de placer, se desarmen en un gemido... entre el deseo transpirado...

"¿Qué he hecho yo para merecer esto?"


San Telmo, 12 de abril de 2008
Señorita Carolaina:

Mire usted cómo son las cosas que en este momento, además de estarle agradecida, quiero preguntarle a qué se debe semejante mención...

Quien le escribe no le encuentra explicación, vea usted, me ha hecho reir más de una vez con sus ocurrencias e historias en su "Que parezca un accidente...", y otras tantas me ha dejado pensando..
.

En fin, creo que el hecho de que me haya tenido en cuenta para compartir conmigo este premio ha, por lo menos, pintado una sonrisa en mi cara y ha mimado mi autoestima... por tal motivo, que no es poco, es que le agradezco su gentil halago.

Mis saludos,

Chechu.


Y aquí va mi "desparramo" de mimos:


Andrea

Cecis

Germán

Sophie

Susana




Palabras perdidas


Y me creías molesta...

Si tan sólo pudiera explicarte que nada de lo que sentí se acercó siquiera a esa sensación, que, por el contrario, lo que sí me recorrió el alma fue una especie de dolor, nacida del amor muerto...


Si, al menos, hubiera tenido la posibilidad de estar incluída en tu decisión sobre nosotros, creo que todo lo compartido tendría hoy otro valor, uno más importante. Y no apunto a tu persona, que admiro, respeto y quiero, si, en cambio, a tu actitud.


Al dolor le sucedió la duda, la incomprensión del texto de la vida por esos días...


Después las situaciones, las palabras no dichas, los desencuentros, lo fueron explicando; tal vez por esto, me invadió un torbellino de decepción.



Esperaba tus ojos, y, sobre todo, esperaba tus palabras... que hoy, hasta creo verlas perdidas en la estación del abrazo.

sábado, 15 de marzo de 2008

Añorando


Y sigo tratando de entender, y,
definitivamente no entiendo,
poco puedo dormir últimamente...
Sueño, no dejo de soñar,
así tenga que hacerlo despierta...
Sueño y me encuentro añorando.
Será que no encuentro ese punto,
tal vez,
que antecede a este otro párrafo...
Ese punto que no siento real, ni existente,
pero que, tal vez, escapa a mi...

Pasaron días, si, sólo son días...
de esos que forman años con el tiempo...
Muchos días, pero sólo días,
poco tiempo para estar añorando -me digo-
sólo días y, sin embargo, yo añoro...

domingo, 2 de marzo de 2008

Basta

He dado vuelta muchas páginas, algunas acompañadas de euforia, otras que se llevaron inútiles lágrimas, otras que dejaron paz en mi... pero el libro sigue abierto... Y Paciencia sigue en pie, sobreviviendo, respirando en hartos y repetidos resoplos... entre varios cigarrillos... sostenida en las noches por Insomnio o escondiéndose entre las sábanas y la almohada, perdiéndose aún despierta, en un sueño; encontrándose soñando despierta...

Muchas horas, muchas noches, demasiadas palabras cruzadas entre Paciencia e Insomnio... y Paciencia busca no dejar de ser paciente. Paciencia que quiere descanso. Paciencia no entiende, y se empeña en seguir sosteniendo el libro abierto, que quiere cerrarlo, pero con paciencia.
Varias veces me despiertan por noche, ellos siguen y siguen dandole vueltas al asunto. Paciencia explica tranquila, Insomnio se enerva -sabe que podría estar siendo útil, servir a otros fines-.

Y hace unos días me cansé. Cuando me canso, llamo a Basta. Y, cuando llega Basta, no hay vuelta atrás; a Basta, ni Paciencia lo convence.
Suena drástico, pero es la única forma de que Paciencia entienda, de que Insomnio se tome un descanso y vuelva para hacerme compañía, cebándome unos amargos.

Suspiro, estiro mis brazos, me relajo y sonrío.
Basta es contundente, me ayuda a decir las cosas en un tono preciso e inflexible.
Con su llegada, el libro se cerrará.

domingo, 17 de febrero de 2008

Me invade la timidez...

Y, si... así somos, vio?

No por eso deja de resultar halagador, sin dudas... y además sorprende...


Paso a contar, el viernes 15 de febrero he recibido dos premios, el primero viene de parte de Sophie, en pleno cuuumple de su blog!!! y es el Premio Calidez, realmente me gusta mucho el nombre de este premio y, por otra parte, quiero agradecerle mucho desde éste, mi lugarcito, no sólo su elección, sino también las palabras que me ha regalado durante todas sus entregas, sus posts...


Lo agradezco, lo comparto y ahora me toca a mí otorgar esta mención a cinco cálidos blogs. Aquí van:











Por otra parte, de manos de Acid Cherry y sus elucubraciones, llegó a mi el premio Arte y Pico que también agradezco mucho, junto con él debo, según parece, exhibir las "reglas", en fin, acá están:
1. Debes elegir a 5 blogs que consideres sean merecedores de este premio por su creatividad, diseño, material interesante y aporte a la comunidad bloguera, sin importar su idioma.
2. Cada premio otorgado debe tener el nombre de su autor/autora y el enlace a su blog para que todos lo visiten.

3. Cada premiado, debe exhibir el premio y colocar el nombre y enlace al blog de la persona que lo ha premiado.

4. Premiado y premiador, deben exhibir el enlace de Arte y pico, para que todos sepan el origen de este premio.

5. Exhibir estas reglas.



Y, obviamente, a continuación, la elección de otros cinco blogs:

Perfume de Mujer

Que parezca un accidente

Maldito Seas

Tan versátil como acústica

A veces yo... en vuelo pausado



Y sigo sonrojada, je... aún envuelta en timidez pero muy agradecida...
Nota:
Sé que, de alguna forma, esto implicaría que quienes he elegido tomen su premio y mencionen otros cinco blogs, y así... pero, sinceramente, no tomo como algo personal que no sea de esa forma ni mucho menos, je... sólo me pareció una forma de jugar... digamos.

jueves, 7 de febrero de 2008

Encuentro Paz


Vuelvo a traspasar la puerta, a cruzar ese puente, a escabullirme por una ventana, a acomodar mis pasos al ritmo de la armónica del flaco que camina metros más adelante, a esperar que pasen las palomas cruzando el sendero y así poder seguir sin asustarlas; salgo (entro), dejo a un lado la realidad, el entorno. Vuelo. Me sumerjo en una brisa suave que me deja flotar entre sus acordes, que me abraza, que se deja tocar, que enamora, despierta todos mis sentidos...

¿Escaparse? ¿Perderse? Lo siento encuentro. Lo vivo encuentro.

Encuentro buscado, imperceptible, lógico, provocado; encuentro necesario, profundo, tranquilizante; encuentro casual, mágico, agradable; encuentro desconcertante, sorprendente, inquietante...

Encuentro conmigo, esta vez.
Encuentro del alma, tal vez.
Encuentro paz.

martes, 5 de febrero de 2008

CAMINOS ESCONDIDOS, CAMINOS ENCONTRADOS


Congreso, frente a la plaza, día de semana, media mañana; mi boca saborea un cortado, mis dedos juegan con un cigarrillo; gente con el apuro en el entrecejo fruncido, ruido, mucho ruido que por momentos ocupa todo el espacio, tierra gris, asfalto, que espera lluvia, todos la esperan, algunos la deseamos; sin dudas, no hubiera elegido este lugar para disfrutar de un cafecito, pero mi cuerpo con su sueño más lejos no llegaba… Siento que, lejos de despabilarme, este sitio comienza a inquietarme y entre el ruido de bocinas y motores, que parecen competir por acaparar oyentes y detrás de ese humo oscuro… me sorprende un camino. Camino al que no le veo el final, se pierde en el tiempo, parece continuar en la eternidad,... en donde se suceden días y noches, lluvias y soles -en los días- y lunas y azules negros –en las noches-; un camino con la calidez de la tierra, tierra madre, tierra en sombra, rodeado de verde por el agua del río que lo acompaña. Un camino que quiero sentir con mis pies descalzos, para poder sentirlo plenamente, si, porque no quiero pisarlo, quiero sentirlo con mis pies para dejar que me invada, sentirme parte de él, de ese todo. Me invade y me gusta –sentirlo y que me invada-. Me invade bien, y me hace crecer, me llena de ganas, y no me ahoga. Un camino que sigue y sigue hasta fusionarse con el horizonte, parece llegar al cielo, cielo azul, por supuesto, hasta los cielos de tormenta son azules… azul tormenta. Desde que apareció entre las desconcertas palomas…no hay grises; lo veo allí, como si siempre hubiera estado, bajo un cielo de día y de noche; día con el calor del sol, noche con la luz de la luna con tu mirada... y estrellas, estrellas de día y de noche también, estrellas que bailan y parecen cantarme con su brillo… Aroma de jazmines –cuando no, jazmines-... Un camino que al tocarlo me enciende, al mirarlo sueño, despierta y dormida, con sabor único, delicioso a mi gusto... como el de tu piel. Camino que transporta mi mente y mi corazón hacia una libertad inmensa... Es maravilloso... mi alma quiere ese camino, mi alma se siente viva en ese camino... canta, desparramando por el aire la euforia de sentirlo… aunque no le halla explicación concreta… ¿Debería?
¿Miedos? ¿Quién no los tiene? Pero… ¿para qué sirven? O… ¿de qué me serviría transitar con miedos este camino? Tal vez ¿evitaría algún error, algún tropiezo, algún dolor?… pero, estoy segura de que, no tan grande como el que generaría esa parálisis, ese muro, ese encierro que provoca el miedo… Demasiadas preguntas, tal vez, y no es mi estilo… Prefiero andar viviendo a estar temiendo, aunque caiga, aunque muera: duele y muero; sufro y me hago fuerte; caigo y vuelvo a morir; vivo la muerte; muero y despierto; despierto al nacer; crezco en ese despertar y sé que el verde bordeando mi mirada vuelve a brotar, como su brillo … pero, qué te estoy contando a vos… a vos que hace tanto me conocés… o tan poco, tal vez… a vos…, que sabe lo que es mi alma en azul iluminando las palabras que nacen de mi mirada mirando la tuya cuando la mira…

domingo, 20 de enero de 2008

El otro camino, el otro destino.

Me digo: Basta.
Hoy lo decido.

En el silencio de la noche, de este martes frío a las tres de la mañana, sólo escucho la respiración de los chicos durmiendo. Qué oído selectivo, pienso, anda esquivando ronquidos que no tolera... para acercarse a la cama de los chicos y sentirlos descansar.

Mis lágrimas caen, mudas, como de costumbre, cada noche sólo llenan con sus gotas el vacío para intentar ahogar la angustia. Sentada sobre la tapa del recipiente de basura, tomando mate sin llegar a vaciarlo, para no hacer ruido y evitar así que Raúl se despierte. Horas tristes, sin duda, de instalada resignación, pero tranquilas: mías.

Espero el día, la mañana, el abrazo fuerte de los chicos, la paz de sus miradas...

Los gritos duran poco a la mañana, trato de despertarlo con el tiempo justo para el baño. Cuando Raúl se va, la casa parece llenarse de luz, colmarse del hogar que ahora, entre lágrimas, sueño...

-Pero hoy, me decido, como que me llamo Elena- me repito, y hasta parece brotar una sonrisa en mi boca.

Ya no quiero más sexo que me lastima, ni ser obligada a tenerlo, ni soportar insultos al intentar decir que no. Ya no quiero tenerle la cena servida a las nueve en punto y sentir sus protestas porque llega a las nueve y diez y está fría. Ni reservar su plato cerquita de la hornalla encendida y escuchar la puerta abrirse y tras una mirada de desprecio, por la mesa vacía, correr hacia la cocina a buscar el plato, para segundos después ver como queda tambaleando en la otra punta de la mesa, tras un manotazo que dice que ya no son las nueve.
Hablar y hablar en momentos de calma, sentir ser escuchada, notar como entre justificaciones se disculpa y... poco después, un día más tarde, a lo sumo, ver pisoteadas mis palabras.

Por eso, en cuanto los chicos se levanten, me decido. Si, otra vida es la que quiero, la que siento merecer... ya no más violencia; quiero tardes con el piano sonando, mientras mis alumnos practican; con las ventanas abiertas, sin sentir vergüenza de que los vecinos escuchen los gritos desaforados de Raúl; mañanas con la gata acurrucándose sobre mi pollera y ya no escondida tras el sillón; o con los chicos riendo como cuando él no está, y llorando como buenos hombrecitos si se dan un tropezón, porque... si, los hombres sufren y, si algo duele, lloran también, a pesar de que Raúl los rete.

Se levantaron temprano, me abrazaron y se sentaron a tomar la leche. Después de un rato, de mirarlos y pensar en mi decisión, fui a despertar al padre; disipando, con mi mano, el halo de alcohol que lo rodeaba, lo llamé, le acerqué la toalla y la ropa, protestando por lo bajo con los ojos cerrados aún, decidió no bañarse: su mano fue directa hacia la ropa limpia, se vistió y sin decir nada salió para el bar, como cada mañana.

Llevé a los chicos a la escuela, pasé por la plaza y por aquel banco en donde Raúl me besó por primera vez. Volví a casa a limpiar, ordené la ropa planchada, busqué la valija marrón, que estaba llena de polvo, la sacudí un poco y le pasé un trapo húmedo para limpiarla bien.

La tarde fue tranquila, con los chicos en lo de mamá.

La noche, como de costumbre, terminó con mi decisión sobre la tapa del recipiente de residuos, a las tres o cuatro de la madrugada. Llorando y con el mate en la mano.

Decidí, sin dudas (siempre lo hacemos) resignar mi felicidad, mi vida, tal vez.
Decidí no arriesgarme al cambio. Decidí vivir con este temor a zambullirme en el miedo que me da lo desconocido. Decidí seguir soñando con el hogar que anhelo y hacer lo que pueda para que mis hijos sean felices, a pesar de esos ratos de gritos.

Con la mirada fija en el reflejo de la luz de la vela sobre el metal de la pava me pregunto: ¿qué sabor tendría el mate de esta noche, de haber elegido el otro camino, de haberle dado espacio al otro destino?
Pero... decidí.

lunes, 7 de enero de 2008

Por miedo se desparraman las flores

Llegamos bien, aunque sobre la hora, además de haber estado toda la tarde haciéndole compañía a ella, por lo nerviosa que estaba a causa de la fiesta, sabía que justo ese día vos tenías que terminar de corregir tu última novela, a pesar de la fiaca que te da, mañana al mediodía la editora te espera… y tanto esperamos este día, este mañana al mediodía…

Lo único que lamenté de haber llegado en ese momento fue el amontonamiento que tuvimos que sortear para intentar llegar a darle un beso a la abuela, por su cumpleaños, estaba tan linda, le queda bien el azul, y ese vestido particularmente, tan arreglada como hace años no la veía...

En el instante en que estábamos cerca, la veía ya, me acordé de las flores, ese ramo que armé esta tarde, medio escondiéndome en su cocina para que ella no lo vea y sigilosa llevé a casa para sorprenderla más tarde y que a vos tanto te gustó... te miré y, si..., como era de esperar, ya te habías dado cuenta de que, en el apuro lo olvidé, me miraste como diciendo sabés que no importa, que lo lindo para ella es que estés acá, pero te conozco, vas a querer ir a buscarlo; ofreciste acompañarme y te encontraste con Diego, tu amigo, qué hará él acá, me pregunté, pero sin dedicar tiempo para averiguar la respuesta, te besé y me fui.

Hasta eufórica me puse, al saber que, a pesar de la cantidad de gente que había venido, llegué rápido a la salida y enseguida viajaba en un taxi, salí corriendo del vehículo todavía en marcha, entré a casa apurada, tomé el ramo y el chocolate para bañar el helado, -que había puesto al lado, para "no olvidarmelo"- y al salir veo que el auto baja por la callecita y se detiene en la esquina al verme; corrí para subir y volver pronto, quería estar ya al lado de la abuela, presentartela y darle el ramo de flores del jardín en verano; el taxista abrió la puerta trasera y lo que consideré un acto de amabilidad se derrumbó en el segundo en que grita: con el chocolate no podés subir… Bronca. Me da bronca, con lo sucio que había notado que estaba el coche y que me grite así como si el chocolate fuera a salirse del paquete... Freno. Giro. Y con un gesto de fastidio vuelvo sobre mis pasos. Planeando cómo voy a hacer para llegar y rápido. En cuestión de segundos pienso que tal vez, debería haberme hecho la tonta, dejar el chocolate y sonreír condescendiente, aunque no me haga bien contener las broncas, y que probablemente cuando llame para pedir un nuevo viaje de regreso éste sea el único coche disponible y tenga que subir sin chocolate, con las flores y la bronca, o una nueva bronca…

De todos modos sigo camino a casa, es sábado, es tarde y a lo lejos se escuchan los apurados motores que, como de costumbre, hacen sonar los pibes que salen y recorren estas calles silenciosas, como con ánimos de sentir que sus ruidos son los más fuertes… por suerte, por la cuadra de casa no suelen pasar, a nosotros nos gusta disfrutar de escuchar música o de ver alguna película, cuando no nos atrapa algún libro… Apurada por llegar veo, unos metros más adelante, una explosión como de pirotecnia que levanta una nube de polvo, de tierra y dos personas de las que no distingo más que sus siluetas remarcadas por la tenue luz del alumbrado público a estas horas, corriendo en dirección a mi, miro hacia la calle, y detrás del arbusto, que mañana pienso podar, asoma una camioneta chica y oscura de la que provienen los disparos que estoy viendo, que intentan alcanzar a estas personas, que se acercan, siento miedo y siento tu mirada diciendo sabés que no importaba el ramo y siento que no te di tiempo para que saludes a Diego y me acompañes y por miedo me tiro al piso, por miedo se desparraman las flores, miedo tonto, miedo que se apodera de mi y no me deja pensar, miedo traicionero que hace que mi cuerpo quede totalmente expuesto a la línea recta de tiros dibujada en el pasto que veía hasta hace un momento… Uno, dos, tres y nada más siento.

Dicen que el cuarto tiro la mató.

domingo, 6 de enero de 2008

TANGO


Posar mi brazo izquierdo sobre tus hombros. Con el tuyo rodeando mi cintura ciñendo mi cuerpo contra el tuyo.
Sentir tus manos en mí, y la maravillosa sensación que me provocan…
Esperar paciente el compás que marcará tu primer paso.
Entregarme, dejarme llevar (o intentarlo) por tus movimientos llenos de gracia.

Y… bailar… Bailar imaginando, desde la explanada del viejo solario de la costanera, un rio que acompañe la cadencia que nuestros cuerpos siguen.
Y… bailaaar…. Bailar con vos un tango.


Apasionado… Sensual… Riendo hasta llorar…


Varios años bailé el tango, aprendiendo en cada ensayo… entre molinetes, ganchos, ochos y barridas, con distintos compañeros de baile…
Caminé el tango en Plaza Dorrego una tarde de domingo, también…


Pero dejáme contarte que nunca fue tan lindo… nunca fui tan feliz bailando tango como con vos hace apenas un atardecer...

sábado, 22 de diciembre de 2007

Mi cumpleaños número setenta y tres

Anoche cuando estaba terminando el té con leche vino Olga, la de al lado, a decirme que en cinco minutos me llamaba Paola, mi hija, la mayor; desde que no tengo teléfono nos manejamos así porque a Olga no le molesta, Paola es muy educada y no anda llamando a cada rato, en vez con Andrea, la más chica, nunca se sabe; cuando Olga se enteró de que yo no tenía más teléfono, fue cuando lo habían aumentado, igual yo ¿para qué lo quería? si ni lo usaba, enseguidita se apuró a ofrecerme el suyo, ella siempre tan atenta …
Me puse un saquito en los hombros así nomás, sobre el batón, total ¿qué le hace?, si estamos acá adentro, y fui con ella. Cuando sonó el teléfono, Olga bajó la televisión para que yo pudiera oír bien y hablar tranquila; Paola quería decirme que, como mañana cumplo setenta y tres años, me espera a la tardecita en su casa, ni vale la pena que vaya, más que... mucho ya no salgo, pero ¿qué le va a hacer?, si le digo que no, es capaz de venirse con todos los chicos para acá y me da no sé qué después... irse tan tarde, me da miedo, más que hasta que pase el invierno oscurece tan temprano...
Así que, a eso de las cinco y media me saqué los ruleros que me había puesto Olga, que ni gracia me hicieron en el pelo, está tan blanco… tendría que ponerme tinta pero no tengo ganas, ¿para qué?, además atrás no me veo y se me cansan los brazos; me saqué el batón y me puse el vestido celeste, el que me regaló Paola para cuando cumplí sesenta, se ve que era de calidad, porque salió bueno y es de fresquito, es que en lo de Paola siempre hace calor, así que ni la combinación me puse, porque todas las enaguas que tengo son de calurosas... vaya uno a saber adonde fue a parar esa linda que tenía, esa que era de algodón… hay tanto embrollo en ese ropero… pero yo no puedo sola; pensaba ir caminando despacito, si está a doce cuadras, acá mismo, en Barracas, cerca de la plaza Colombia vive, pero Olga me contó que anteayer le pareció que le querían robar, así que mejor, voy en el colectivo, el verdecito me deja cerca de lo de Paola, pobre, encima que trabaja desde las seis… ya a las cinco tiene que salir de la casa y vuelve tan tarde y el otro vago, Víctor, ahí tirado, ni los chicos le mira, tan chiquitos, hay que ver como entre ellos se arreglan solos, y bué, ella lo quiere, si hasta el vino le trae a la noche, para él, porque ella no toma, y después se le duerme ahí, mirando tonteras en la televisión… para lo que hay que ver..., más valdría que haga otra cosa, qué sé yo; y Paola, pobre, hasta que los chicos se acuestan no descansa un minuto, pero… ¿qué le vas a decir?, si ella es feliz… yo no creo...

No quería llevar ni la cartera porque nunca voy cómoda en el colectivo, así que guardé todo bien en el bolsillo de adentro del camperón, el marrón que es livianito pero de abrigado, era de mi marido… ese si que era un buen hombre, un esposo ejemplar, siempre de buen humor, trabajaba tanto que casi no nos veíamos, pero qué felices que éramos… cuando él llegaba yo, casi siempre, ya dormía, no sé a quién habrá salido tan bueno, porque el padre parece que era de andar por ahí, le gustaba el juego, hasta que un día, Anna, mi suegra, lo echó y le dijo a mi marido: tu padre fue la noche y vos serás el día, y parece que fue así nomás, ella era modista, daba clases, había venido de Holanda y tenía un carácter… ni se la escuchaba, pero cuando decía algo, madre mía… daba miedo, hay que ver cómo le hacían caso todos los chicos del barrio y a mi marido, más de una vez lo dejó castigado sin salir al terreno baldío de la cementera, pobre… miraba sentadito desde el paredón de la terraza a los chicos jugando a la pelota, le hacía pasar cada calor, pero le salió bueno ¿eh?, bah, antes era distinto, los chicos, ahora, no hacen caso, mandan ellos, como los de Paola que la vienen loca…
Salí, con tiempo, hasta la parada del colectivo, están tan rotas las veredas, es una lástima, baldosas buenas todas arruinadas, cosa de romperse un hueso. Casi lo pierdo, porque vino pronto, pensé que no lo alcanzaba a tomar… subí y menos mal que me agarré bien, porque el chofer... parecía que tenía que ir a apagar un incendio de tan apurado que iba, ¿qué va a hacer?, todos andan así, como unos locos, si hay días que no puedo ni cruzar Montes de Oca; me quedé parada adelante, porque atrás estaba de oscuro, no se veía nada y uno qué sabe; pensar que a mis hijos no tenía ni que decirles que se levanten para darle el asiento a una vieja como yo, pero bué… igual el viaje es tan cortito, que ni vale la pena… Yo me bajo siempre en la esquina de la plaza, a una cuadra de lo de Paola y voy todo por la vereda de la iglesia que está más despejada.

Cuando me estaba bajando, ya casi tenía un pie en el suelo, ni pasamanos había... al loco este le viene el apuro de nuevo... y ¡adiós! ¡qué vergüenza…! caí redonda en medio de la calle, es que es tan alto el escalón y ni siquiera se acercan a la vereda…
La muchachita, la que bajó conmigo, me ayudó a sentar en el cordón de la vereda y me pidió que me quedara quieta, parece que la rueda del colectivo me pasó por arriba del pie… yo ni alcanzo a verme. Le dije que Paola me estaba esperando y justo yo me vengo a caer… ¡qué desgracia! La chica ésta se fue a pedir ayuda, yo no sé, para mi no hacía falta, se lo dije, pero ella igual fue. Claro, con el frío que tenía en las piernas ni sentía, estas medias de nylon no abrigan nada, me parece que las que usaba de jovencita venían más gruesas, no sé, en fin… Al volver, me dejó llamar con el teléfono ese, con el celular a Paola y al rato estaban ahí los doctores de la ambulancia, los policías, un montón de gente, todos amontonados, yo no sé, había un barullo...

Cuando vino Paola yo pensé que venía a buscarme, pero no, el doctor le dijo que era mejor que vaya al hospital y me saquen unas radiografías... al final, termino siendo siempre un estorbo... Pobre Paola, no sé ni con quién habrá dejado a los chicos, por la hora digo, bah, ya está medio oscuro, porque ellos igual, se arreglan solos.

No se la ve enojada, es que tiene una paciencia la pobre… Andrea, la otra, es más nerviosa, más cascarrabias. En fin, acá estamos Paola y yo en la sala de guardia, esperando… parece que los doctores no están… vaya uno a saber qué habrá pasado...
Quien hubiera dicho, terminar mi cumpleaños acá, en el Argerich y yo sin combinación...

Más valdría no haber salido…

sábado, 15 de diciembre de 2007

Isabel

Bolsita blanca arrugada en una mano, cabello recogido enmarañando sus años, sus penas, sus broncas, sujetando las ganas, las fuerzas. Isabel. Ojos grandes, párpados caídos tironeados por la tristeza… se me acerca y desarma sus casi sesenta años en lágrimas.
Caminando sin rumbo por el parque Lezama, con intenciones vagas de terminar en la Costanera, la veo, me mira, se me acerca con un comentario suelto y común que parece haber repetido tantas veces acerca del calor de la tarde…
Sonrío y ella empieza a mostrar recortes de su vida, piezas, partes con los tiempos algo mezclados, desordenados tal vez… que lógicamente voy armando como un rompecabezas… por momentos me cuesta entenderla, no conozco nada de ella y su cabeza parece ir y venir por sus historias, desahogándose al hablar .
Detalla diecisiete años de matrimonio “feliz” que terminaron aquella tarde en que, por el inminente paro de colectivos, la patrona le permitió irse a casa unas horas antes y, al llegar, encontró en su cama a quien más tarde sería la segunda esposa de su marido… Ese año, el de sus treinta y cuatro, despiadado, intentó apagar su alma por completo, con la muerte de su padre enfermo y la de su madre, poco después, hundida en la tristeza.
Sola, perdida, nadando entre el desgano y el dolor, más desorientada que ahora, según dice, perdió la habitación donde vivía, y todo lo poco que tenía quedó en el hotel.
Una tarde, cerca del riachuelo, caminaba con la mirada deslizándose lenta por el empedrado, mirada que la voz de él se animó a levantar. Él, Carlos, el amor de su vida. Una revancha que le ofreció el destino, sintetiza. Se aferró a él tanto como se entregó. Compañero es la palabra que utiliza para definirlo y se ve agradecida al decirla, pero, en su cara, la sonrisa no aparece… Yo no soy de andar preguntando, entonces espero a que, si quiere, me cuente…
Isabel me desconcierta. Lleva la mano desocupada a su cara con un movimiento rápido y se quiebra en un llanto suave, silencioso, pero profundo y persistente. Dejo que llore, parece necesitarlo… poco después, seca un par de lágrimas que bordeaban su mejilla izquierda y explica su desesperación por no saber que hacer, hace veinticinco años que está junto a Carlos y se quieren, se respetan… pero hace casi dos que no lo ama, no lo desea, se siente mal al rechazar sus besos, sus caricias, sabe que él la ama y ella no puede corresponderle, trata de hacerme entender que se deja de amar –como si yo no lo supiera…- no se siente feliz, pero no quiere abandonarlo y esto hace que caiga en momentos de terrible depresión, que hasta haya intentado quitarse la vida, según cuenta…
Dice sentirse sola, me pide un consejo, considero que no corresponde que acuda con lo que pide y a cambio, poco a poco, voy ayudándola a armar una lista de todo aquello que tiene adentro para dar, de lo que amablemente la rodea y de ese montoncito de motivos para vivir que parece esconderse de su mirada.
Me abraza, sonríe, sonrío, se aleja caminando por donde vino.

CARICIAS DE GUITARRA


“Es mágico, increíble, no sé cómo explicártelo” decía anoche Catalina cuando, para no perder la costumbre, hablábamos por teléfono. Viniendo de ella, creo que es tan mágico lo que está viviendo como increíble que piense que no logra explicármelo, pero bueno, parece ser que hace tiempo busca ponerle palabras, adjetivos o algo que pueda definir lo que siente y nada la contenta, nada le basta, todo le resulta poco… Me contaba de las noches, pocas y tantas a la vez, compartidas con Adrián, de dormir a su lado -es, para que entiendas, como si él me recostara, con una dulzura desconocida por mí, sobre una tierna nubecita que me va transportando suavemente al sueño. Estar, así (imagino la cara que debe estar poniendo al decir ese “así”), entre sus brazos y su piel con la mía, hace que el acto de dormirme, ese momento sea en una paz enorme, absoluta. Me siento plena y así me entrego al sueño y así duermo y así despierto y es hermoso- decía Catalina y, a mi, sólo se me representa un único momento vivido, con características similares, diría… Fue hace años, le cuento, pero fue sólo un despertar, después de una linda siesta de la cual salí despacito, lentamente en brazos de la dulzura de unos acordes que aparecían como “caricias de guitarra” para mi alma.

jueves, 22 de noviembre de 2007

VUELO EN DESEO

Quiero volar, quiero escapar hacia vos, quiero… y es imposible hoy.

Te abrazo en mi almohada y lloro… hoy lloro, porque no puedo volar y soñar que tiene tu piel, lloro porque hoy no tiene de vos... Lloro porque te extraño y en ese extrañar caigo aunque no quiera... Y lloro lágrimas que me enojan, lágrimas que no quiero llorar... Abrazo fuerte a mi almohada, pidiéndole tu abrazo y me hundo en ella, me pierdo y no puedo volar, no puedo escapar hacia vos… es imposible hoy.

Quiero sentirte sol, encendiendo mi cuerpo; quiero sentirte lluvia, que me baña con dulzura; quiero sentirte luna, que me sorprende cada noche, cada vez; quiero sentirte viento, que me acaricia colándose por todos mis rincones. Quiero sentirte en besos, en palabras, en miradas, en razones, en silencios, en mí.

Quiero sentirte. Quiero como quieras. Quiero. Deseo.

Deseo escapar hacia vos, vuelo... en deseo y es posible… que sientas mis besos acariciarte esta noche mientras dormís.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Diálogos (de una tarde en el Parque Lezama)



Entre dos pájaros...
Entre el sol y mi piel...
Entre un muchacho recostado en un banco y su sueño...
Entre esa pareja, en besos...
Entre la atención de una chica y la pregunta del pibe desorientado...
Entre el correr del viento y mi cabello...
Entre la boca de esa mujer y su cigarrillo...
Entre las hojas muertas y el pasto crecido...
Entre los ojos del chico de verde y su libro...
Entre mi sonrisa y mi corazón...
Entre ese turista y su mapa...
Entre las palomas que disputan migas...
Entre los pesados pasos del trabajador y su cansancio...
Entre un nene y la pelota a rayas...
Entre el lejano ruido de un colectivo y el cercano murmullo de mi respiración...
Entre mi deseo y mi vuelo inevitable...
Entre mi suspiro y tu cuello...
Entre tus manos y mi cuerpo...
Entre nuestras miradas...
Entre tu alma y la mía...

Entre vos y yo...
Pensándonos...
Esperándonos...
Queriéndonos.

domingo, 21 de octubre de 2007

Día de la madre...

Otra vez, frente a sentimientos que no hallan palabras... Va el intento...
Día de la madre... Qué decir... Tantos años pasaron entre aquel Agosto que se llevó a la mía y el momento en el cual me animé a reconocer a las que me dió la vida...
Día difícil, todo el mundo parecía tener a quien abrazar y yo no... encerrada en mi dolor no podía ver más allá. Mi alma fue abriéndose paso entre la corteza con la que yo la había rodeado con la intención de que nada más la lastime; de a poco, gotitas salían y con el tiempo logró deshacerse de esa coraza casi por completo, eligiendo ser vulnerable tal vez, pero prefiriendo vivir, amar, volar, creer, crecer,... a ese ahogo, a ese letargo eterno, a esa "muerte"... y yo, feliz de que así haya sido... Soltándose de esa especie de cadena que representaba el dolor y cargándolo, al principio, como una mochila muy pesada, pero que con el tiempo, con los años, fue desarmándola hasta quedar sólo parte de ella... sólo el amor, que a veces duele, (no lo voy a negar, cuantas veces quise besarla, contarle, que me aconseje... y no estaba...) pero que es parte de mi historia, parte de mi, como lo es mi mami cuando, como por arte de magia, nace, de mi corazón, alguna canción infantil que hasta creía no conocer, para cantarle a mi hijo...
Mi hijo. Un antes y un después. Con respecto al día de la madre, me puso del otro lado... del lado de las mamás...
Mamás, no sé si lo que siento será compartido por todas... pero me cuesta pensar que no, je. Es maravilloso ser mamá, tanto como difícil, a veces. Se suceden situaciones en donde una parece saber exactamente que hacer, con otras que desvelan, que necesitan ser analizadas a las que les doy vueltas, sólo para encontrar lo mejor para mi pequeño...
Amar, mimar, cuidar, enseñar, comprender, educar, reír, jugar, explicar, llorar, ayudar, conversar... y tanto más a cada instante... (creo que acá es donde las palabras se esconden más... o donde se complica mucho encontrarlas...)
Y ese "tan maravilloso, como difícil" me recuerda a aquellas primeras veces en donde le daba la teta a mi hijo; cuando no existía nada más que nuestras almas unidas por el amor, amor de alimentarlo, de protegerlo, de conocernos, de acariciarnos, de mirarnos, de sentirnos... uno. Momento único de amor que aliviaba el dolor de los pezones agrietados, el temor de "no saber" ser mamá...
Y hoy, con algo más de cinco años, el mismo amor (aunque más grande, je) le gana a las rabietas, a los caprichitos, con miraditas, con entendimientos, con tanto... como anteanoche, cuando uno de sus deseos para el "viaje a la granja" - adonde iríamos chicos, familias y "seños" del jardín- fue "que todos los chicos te conozcan" según dijo, y, al preguntarle por qué, agregó " para que todos te den un beso". (No hay palabras para explicar mi sonrisa, mi abrazo, mi lagrimita emocionada).

FELIZ DIA A LAS MAMÁS,
A LAS QUE ESTÁN PARA RECIBIR EL ABRAZO DE SUS HIJOS,
A LAS QUE YA NO Y SON ABRAZADAS EN EL CORAZÓN,
Y A QUIENES HACEN QUE LAS MAMÁS PUEDAN SERLO TAMBIÉN...

sábado, 20 de octubre de 2007

Santiago, el tanguero.

Pateando por el parque Lezama, sintiendo la primavera en el calor del mediodía, distinguí al señor Santiago.
La primera vez que lo vi fue en una confitería de la avenida Corrientes, yo soñaba frente a un cortado, sumergida en las olas de tus caricias en marea alta, Santiago, en el escenario, dejaba volar un tango con su voz llena de presencia, ronca por los años; impecable traje negro con unas suaves rayitas algo más claras, camisa roja cerrada con un moño, zapatos recién lustrados. Después de un par de canciones, en las que tus ojos llevaron a los míos a bailar enlazados, te levantaste a fumar un cigarrillo, y me quedé con la imponente voz de Santiago, su mirada estaba tan lejana, la imagino buscando en “Cuesta abajo” a un amor que le dio la espalda, extrañando jóvenes pasos en la entonación de “Melodía de Arrabal”, de “Sur”, y sorprendido de estar enamorado al cantar “Malevaje”, despuntando broncas en "Cambalache" y desencantos en "Yira Yira" o disfrutando de la locura del amor y del deseo cuando suelta “Balada para un Loco”, mientras mis manos buscan las tuyas...
Se quita el sombrero, al despedirse y aparecen perfectamente delineados con el peine, hacia un costado, sus frondosos cabellos grises. Con un gesto reverencial muestra, en silencio, su agradecimiento y se retira. Iban a ser las doce de la noche de ese lunes, así que jugué un ratito con la servilleta mientras terminabas tu segundo café, te besé -entendiendo tu mirada- y nos fuimos.
Algunos meses pasaron y lo volví a encontrar. Lejos de ponerse a tanguear, compartíamos la sala de espera del doctor Felgueras, sin su atuendo, conservaba la exacta prolijidad en su cabellera y daba vueltas a un trozo de papel entre las manos, con impaciencia. Habían pasado diez minutos de las diecisiete cuando me preguntó la hora y aproveché para felicitarlo causándole -sin querer- cierta timidez que apuró a esconder contándome que ya sentía el cansancio, de sus casi ochenta años, en el cuerpo al acostarse cada lunes casi a las doce y media de la noche, por otro lado, le costaba entender eso de mantenerse a fuerza de tantos medicamentos, mostrándome la lista donde se veían por lo menos una docena de drogas. Por respeto no me animé a decirle "quien le quita lo bailado", pero sí, se lo dije en otras palabras, al explicarle que mientras disfrute de lo que hace, ese canto será un regocijo para su alma que expresa lo que lleva adentro... Asintió con la cabeza gacha y me despedí, el doctor pronunciaba mi nombre, debía pasar al consultorio.

Y hoy lo reconocí por ese gris brillante iluminado por el sol que se colaba entre las hojas. Solo, sentado en uno de los bancos verdes del parque.
Me detuve; como no quería interrumpirlo en su lectura, y tampoco interponerme o distraer esa mirada que, por momentos, buscaba encontrar algo más que lo que el entorno ofrecía... me senté, a cierta distancia, como para no perderlo de vista, a esperarlo.
Varias personas, buscando un lugar para almorzar, para sacar la oficina de sus pulmones, pasaban de uno y otro lado.
Cuando Santiago cerró lentamente su libro y guardó los anteojos, tomó aire profundamente, noté un amague de su parte por levantarse, entonces me acerqué y le dije -¿Cómo le va?- como para no tomarlo por sorpresa y dar por sentado que ya nos habíamos visto en algún lado, se sonrió extrañado y simuló un poco de tos, creo que, para ganar tiempo y poder reconocerme, ya que el alivio de conseguirlo se le notó en la cara.
Me explicó que estaba allí, -escapando de las viejas cocoritas del geriátrico, donde vivo, que no hacen otra cosa que andar chamuyando injurias inventadas, mire usted, por ejemplo, cada vez que vuelvo de cantar, se rumorea que..., bué, que soy cafishio, ellas... todas unas cacatúas...! y yo, que no soy ningún calesitero, de la calentura, les canto las cuarenta..., se vé que no tienen nada más que hacer de sus vidas... pero a mi no me van a cachar para la farra, con sus cuentos del tío..., doy gracias que hace una semanita la lluvia no me manda pa' dentro y puedo estar acá leyendo y releyendo mi único libro...-

Le dije que agradezca seguir haciendo lo que le gusta, así como darse cuenta y salir, al menos un rato, de ese lugar y le dejé el libro que llevaba para que lea mañana...

jueves, 18 de octubre de 2007

Las pelotas colgando por las injusticias

Plaza Dorrego, sol de mediodía, con el aire de Humberto Primo vienen acercándose las campanadas de la vieja iglesia, que chocan en Defensa con el humo ruidoso de los colectivos...
Poca gente, es jueves, aunque mucha que va y viene dibujando el contorno de la plaza, con pasos que parecen no saber que, por más que se apuren, el tiempo sigue y sigue pasando, zigzagueando por momentos en el intento de no cometer atropellos, pero de alguna manera son tan precipitados... tan carentes de calidez, tan vacíos de ver -siquiera- alrededor, o de sentir -al menos- la brisa o el calor del sol... parecen no ser, no creer, no pensar, no desear, no vivir, no sentir... Parecen pasos presos de ellos mismos, de sus cegueras, de sus negaciones, de sus mentiras...
Cerca mío, una señora bastante mayor hace esfuerzos, con sus viejas manos, para desmigar un trozo de pan algo duro...

De pronto, un hombre de unos cincuenta años, creo que no más, -aunque sus profundas arrugas lo envejecen bastante-, sube silbando esos pocos escalones que nos separan de la vereda, pasa delante mío, con un gorro desteñido por el tiempo, un bolso marrón oscuro y una bolsa, ambos repletos de vaya uno a saber qué... Pero lo que me llamó mucho la atención fueron una serie de pelotitas pequeñas, de diferentes tamaños y colores, que traía colgando de las presillas del pantalón gastado, e incluso de la muñeca de su mano derecha...
Se sentó entre la señora mayor y yo, cuidadosamente abrió el cierre descosido de su bolso y sacó unos auriculares tan grandes como viejos, se los colocó alrededor de su cabeza, los acomodó sobre sus orejas, silbó más fuerte, mostraba cierto goce al marcar el compás de su melodía con el cable en la mano... dejó caer su cabeza hacia delante y en silencio los volvió a guardar... La postura de su cuerpo lloraba penas, su espalda poderosamente curvada hacia la delgadez de su abdomen, los brazos, en punto muerto, colgaban a los costados de sus piernas estiradas, entreabiertas y flojas, desgano triste, pensativo, perdido, desilusionado, dolorido, se veía en todo él... permaneció en esa posición, inmóvil, durante varios minutos, o más, tal vez años...
Volvió a silbar, pero bajito y lento, y yo, que me estaba yendo, quise averiguar el porqué de las pelotitas...

Se levantó, mostrando caballerosidad y, pausadamente, con voz firme, me lo fue explicando:

“Si lloro, no veo claro; si temo, me paralizo; si hablo, me consideran loco; y para luchar..., para luchar necesito que seamos más... Así que por cada injusticia que siento llevo una pelota colgando... del lado derecho las injusticias sociales, del izquierdo las que me cometió la vida...”


Conté cinco del lado derecho y me parecieron pocas para representar tanta muerte, tanto sufrimiento, tanto hambre, tanta indiferencia, tanto abandono, tan poco margen de posibilidades, tanta discriminación, y la lista sigue..., que imponen unos pocos para tantos..., pero ninguna tenía del lado izquierdo... Entonces pregunté acerca de lo justa que aparentaba haber sido la vida...

“ La vida me dio bastante y sobre todo me enseñó mucho, sólo una vez la consideré injusta conmigo, fue hace años, cuando se llevó a mi mujer, a mi amor, pero, quizá por el respeto que Ana merece, no quise colgar ninguna... era muy reservada, hasta tímida, diría... además, no lo creo necesario... ya que del lado izquierdo, desde aquel momento, el que pende de un hilo es mi corazón”

martes, 9 de octubre de 2007

QUERERTE


Sin hallar las palabras, para contarte de este mar de sensaciones, mar por su inmensidad, mar por su fuerza.

Me gusta escucharte, también me gusta acariciar tus letras, ese cosquilleo que provocan por tu forma de unirlas, de formar palabras y jugar con ellas... en oraciones que dicen mucho, que expresan tanto... al combinarse bajo tu mirada, tu forma...

Sé que las miradas, a veces, ponen distancias, miedo al dolor, dicen, pero también ceden, se animan... y hablan mucho más... así como nace un encuentro que enciende las almas, los cuerpos... o como una caricia que no se puede contener... o esa sonrisita que te conté...

Es extraño no encontrar las palabras para decírtelo. Es hermoso que así sea, tan hermoso como soñar despierta, tan despierta porque sueño y porque es hermoso, porque es... y no quiero dormir, siento que no lo necesito, necesito abrazarte.

Es evidente que las palabras no las voy a encontrar, pero insisto... aunque entiendas lo que siento, quiero poder decírtelo... Es una lluvia de sentimientos, una lluvia como te gusta, o una lluvia como no me gusta pero disfruto porque no molesta... acompaña el momento... tal vez, nos encontremos, tal vez...

lunes, 8 de octubre de 2007

La Protagonista

Marcelo siempre había hecho de su vida lo que le venía en ganas, laburó de lo que le parecía, y, otras veces, de lo que se le presentaba en suerte, pero siempre con la mayor convicción, como si lo hubiera estado proyectando desde siempre para que así ocurriera, como si eligiera con todas sus ganas, tal vez, de algún modo era así.
Allá por sus veintidós, con el corazón llorando la muerte de su primer amor, empezó a escribir... y andando por las noches de la vida conoció a Vanesa, la colorada, maestra jardinera y, por insuficientes ingresos, prostituta por las noches; Marcelo dedicó un par de semanas de enamoramiento a intentar convencerla para que sólo continuara con su docencia, prometiendo colaborar económicamente, sin embargo... empezó a acostumbrarse, se regocijaba de satisfacción cuando, al regresar y luego de un baño tibio, ella le aseguraba que él era el único que la acompañaba a sus orgasmos. Poco duró la relación, en una pelea callejera, Vanesa cayó en cana y él, al ver los arañazos que desparramaban su maquillaje, las medias de red casi arrancadas y sólo pedazos de su minifalda azul, percibió una imagen tan distante de la piel perfumada que se acostaba cada noche a su lado... que provocó inevitables celos; sabiendo que de ellos saldría su agresión, más oculta que inexistente..., la dejó.
Otra vez solo, escribiendo en el Tortoni, la vio pasar, rubia y apurada por Avenida de Mayo, la atracción que sintió, lo capturó con indomable fuerza.
Su nombre era Mariel, su apuro, el trabajo, al que esa tarde no llegó, caminaron bajo la lluvia, se gustaron empapados, se rieron enamorados, se miraron excitados, se amaron apasionados.
Sin conocerse decidieron mudarse juntos a una vieja casa de Once. No necesitaban más que las charlas con mate, la fortaleza de ella, el pensamiento de él; el goce de su sexo, en actos continuos, buscados, repetidos, improvisados, deseados, extasiantes, divertidos, ilimitados, parecían ser todo para sus vidas...
Mariel tenía un carácter fuerte, que fue mostrándose en una dominación nacida de la instalada necesidad de ser la protagonista.
Marcelo repartía en subtes y colectivos retazos de sus escritos a cambio de monedas que serían la comida de la noche.
Mariel había perdido su trabajo, los mareos la habían obligado a cambiarlo por semanas de reposo. Sólo esperaba la llegada de Marcelo a eso de las siete de la tarde, lo abrazaba con actitud adolescente, lo besaba, lo seguía...
Hacía tres días que estaban sin luz. El corte de gas lo habían solucionado con la garrafa que les prestó Tito, el del fondo; pero a la electricidad Marcelo le tenía respeto, no se animó a buscarle la vuelta a los cables.
Madrugada de Marzo, a la luz de la vela, cuyo fuego había encendido el último faso que le quedaba, intentaba escribir “las ventas” del día siguiente, nada brotaba de su inspiración en penumbra, tal vez era esa idea la que ocupaba su cabeza, la del ruso, no, no, no podía llegar a tanto, aunque se veía tan bien armadita que no daba espacio al error, pero... ¿y si lo cueteaban? ¿Qué hacía Mariel con su panza de siete meses?. La idea parecía crecer decidida a invadir toda su mente y Marcelo tenía que ponerse a escribir... ¿Qué diría mañana al subir al 71? ¿Qué comerían si nada tenía para reunir las monedas que le daban los pasajeros de la línea B?
Eran casi las cinco y sólo papeles en blanco sobre su mesa, papeles en blanco y el diagrama que le trajo el ruso... en un par de horas tenía que subir al bondi y nada nacía de su imaginación, el humo la llevaba para otro lado. Se puso la campera, apagó la vela y agarró las llaves. Mariel dormía. Caminó hasta lo del ruso para decirle que contara con él, pero que necesitaba que le banque unos pesos hasta ese día –yo al hambre lo mato con unos mates, pero la flaca necesita alimentarse, por la nena, ¿viste?- explicó; el ruso, alguna vez había pasado por esas, con una mano cacheteó comprensivo a Marcelo, con la otra sacó del bolsillo del pantalón algo de guita.
Casi de día se acostó al lado de Mariel, despacito para no despertarla. Aunque durante esas sesenta y seis horas ya casi no durmió; como siempre, estaba convencido de lo que iba a hacer, pero necesitaba estar despierto para ultimar detalles en su cabeza, para vislumbrar posibles finales, imaginar escenas...
Mariel le preguntaba por qué no salía a vender, por qué no podía escribir, de dónde estaba sacando plata. Marcelo era indiferente a sus insistentes interrogatorios, últimamente los diálogos eran con él mismo, no más; si hasta al ruso sólo lo escuchaba, en realidad... no necesitaba preguntarle nada, el tipo explicaba todo como a él le gustaba...
La flaca ya no decía nada, sólo pensaba, masticaba como podía su bronca... ¿por qué no le contaba nada? ... a ella...
El día llegó, el sol parecía haberse instalado eternamente, demoraba en llegar la hora indicada. Marcelo hacía mate, tomaba uno o dos, se levantaba, caminaba por el patio con ojos nerviosos y mandíbulas poderosamente unidas; Mariel lo miraba, esperaba que hable..., que se arrepienta de su silencio..., que la incluya..., él sacaba del bolsillo de la camisa una hoja doblada, la devoraba con atenta dedicación, la volvía a plegar y a guardar, continuaba delimitando el patio con sus pasos, se sentaba, se quejaba del agua fría, otra vez la pava al fuego y la escena volvía a empezar, a repetirse.
Se hicieron las veintidós y Marcelo advirtió que no había pensado en cómo avisarle a la flaca, por las dudas.
Ella sirvió la comida, él no comió, sólo consumía cigarrillos.
Después de la cena, se le acercó y le dijo –cualquier cosa, llamá al celular del ruso, yo voy a estar con él... -, dejándole un aparato a ella. La besó, como trámite obligado, y se fue.
Mariel explotó en llantos, la bronca, el dolor, la angustia, no sabía bien qué sensación tenía, pero todo su cuerpo reventaba en lágrimas...
De alguna manera sentía miedo por Marcelo, eso de juntarse con el ruso... pero su orgullo estaba malherido... ella, justo ella no sería la protagonista...; sus ideas sólo rondaban entre la venganza y la maldad, era la única forma de conseguir el papel principal, tiempo para algo más elaborado ya no había.
Marcelo se reunió, en lo del ruso, con sus compañeros que no conocía.
El plan era perfecto.
Al ruso nunca le fue mal.
La entrada sería en una hora veinte.
El auto esperaba en la puerta.
El botín era importante, aún teniendo en cuenta los gastos. A Marcelo le tocaba el segundo número en la división, el ruso le tenía mucha confianza, suma fuerte, incluso considerando las deudas.
Mariel cruzó el patio humedecido por la llovizna del otoño, subió al cuartito donde Marcelo se ponía a laburar sus palabras; revolvió todo, rompió la cerradura del cajón de arriba y no encontraba datos, rastros, nada... Las contracciones eran fuertes, pero nada la frenaba, sabía que eran provocadas por los nervios, se sentó en el banquito verde recostada hacia atrás, acarició su panza, tratando de relajarla y en el cesto de basura, una vieja lata de aceite, descubrió los pedazos de aquella manoseada hoja. Juntó con apuro las partes y armó las explicaciones que no le habían sido dadas. Calculó la hora a la que entrarían a la droguería. El odio que sentía acaparaba todo su ser... si hasta sentía olor a pólvora en su deseo de que Marcelo aprenda a no dejarla afuera...
En cuarenta minutos sería la protagonista...
Llamó a la policía. Mostró su reconstruída prueba. Como siempre daban vueltas y llamaban a la dependencia; Mariel pidió permiso para ir al baño, aludiendo dolores de parto, ya era la hora, se llevó el celular y lo llamó al ruso, con voz de simulada desesperación le dijo –cayó la policía, cuidame a Marcelo- lógicamente ya era tarde, tal como lo había planeado.
Al ruso lo mataron, hacía rato que lo buscaban, los pibes escaparon y Marcelo... gravemente herido.
Años lejos de Mariel, sin conocer a su hija, sin saber siquiera su nombre, sin haber visto sus ojos; pensando en que había fallado...
Más o menos así venía su vida cuando lo conocí... Aunque desconocía sus andanzas... Sólo sabía de su separación de Mariel y de su hija Gabriela, (creo que así le hubiera gustado llamarla)
Me enamoré, tal vez me deslumbró la puerta a la vida que me mostró...
A los pocos meses, impulsada por mi forma de ser, o por la crédula ilusión de los sentimientos claros, no sé bien por qué, pero me dejé llevar, quizá no podía verlo lejos de su hijita. La busqué y me encargué de traer otra vez a escena a Mariel, muy agradecida, al principio; pero al sospechar que mi papel al lado de Marcelo prometía ser fuerte, importante, protagónico a sus ojos, empezó a ser distante en su trato, a aplicar ironía en sus palabras.
Una tarde me sorprendió en la cocina, preparando café, con amabilidad ofreció continuar, acepté con intenciones de que la relación se torne amena... Sirvió dos tazas mientras se despachaba a gusto detallando todo lo que Marcelo no quiso o no supo contarme, explicó ella... todo parecía salir de una imaginación fantástica, poco podía creer, nada quería creer... ella continuaba hablando. Apuré el trago quemándome la boca y empecé a notar como su voz se diluía en el aroma del café, se deshacía en el aire; a pesar de mis intentos por mirarla, sentía que nada podía ver, todo se estaba yendo de mi lado; tenía frío cuando escuché la llave abriendo la puerta y pensé en correr a abrazar a Marcelo... no podía moverme, todo estaba lejos. El escenario paralizado, yo me alejaba...
Oí su grito diciéndole a Mariel: -¡¿Qué le hiciste?!
Ella dejó que estuviéramos solos, Marcelo con su mirada agachada, lloraba, derrumbado en el piso de la cocina. La miró pidiendo explicaciones y ella, irónica, esbozó media sonrisa, mostrando su venenosa actitud vengativa.

viernes, 5 de octubre de 2007

Palabras que delatan, sentimiento de ternura...

Organizando una salida con su amiga y novia (novia: a veces si, a veces no) mi pequeño me dijo: "cuando la veas... no la escuches, no le contestes y tapale la boca..." no hacía falta más evidencia... Lejos estoy de hacer algo ´sí... quedaba sólo hablar de lo acontecido.
Fue como la tarde en que descubrí que a la gatita le faltaba un mechoncito minúsculo de pelos en una oreja y le consulté a él...
Sólo pregunté ¿que le pasó a la gata?
Su primera respuesta fue: "No sé quien se lo hizo"... por lo que había un "alguien" detrás del hecho...
La concluyente: "No sé quien la pudo morder"... Simple, somos dos y no fui yo... definitivamente le había depilado una pequeña parte de la oreja con sus dientes...

Todavía se sorprende de que "las mamás siempre saben todo..." como dice cuando lleva el bolsillo de su delantal arrugado en la mano porque va cargado de bolitas, algunos caramelos o un par de figuritas... y yo "descubro" que algo esconde... cabe aclarar que no debe llevar estas cosas al jardín...

Más allá de estos "detalles"... conozco sus ojitos, su miradita lo dice todo, lo "delata" y a mí me invade un sentimiento de ternura... inmenso.