sábado, 22 de diciembre de 2007

Mi cumpleaños número setenta y tres

Anoche cuando estaba terminando el té con leche vino Olga, la de al lado, a decirme que en cinco minutos me llamaba Paola, mi hija, la mayor; desde que no tengo teléfono nos manejamos así porque a Olga no le molesta, Paola es muy educada y no anda llamando a cada rato, en vez con Andrea, la más chica, nunca se sabe; cuando Olga se enteró de que yo no tenía más teléfono, fue cuando lo habían aumentado, igual yo ¿para qué lo quería? si ni lo usaba, enseguidita se apuró a ofrecerme el suyo, ella siempre tan atenta …
Me puse un saquito en los hombros así nomás, sobre el batón, total ¿qué le hace?, si estamos acá adentro, y fui con ella. Cuando sonó el teléfono, Olga bajó la televisión para que yo pudiera oír bien y hablar tranquila; Paola quería decirme que, como mañana cumplo setenta y tres años, me espera a la tardecita en su casa, ni vale la pena que vaya, más que... mucho ya no salgo, pero ¿qué le va a hacer?, si le digo que no, es capaz de venirse con todos los chicos para acá y me da no sé qué después... irse tan tarde, me da miedo, más que hasta que pase el invierno oscurece tan temprano...
Así que, a eso de las cinco y media me saqué los ruleros que me había puesto Olga, que ni gracia me hicieron en el pelo, está tan blanco… tendría que ponerme tinta pero no tengo ganas, ¿para qué?, además atrás no me veo y se me cansan los brazos; me saqué el batón y me puse el vestido celeste, el que me regaló Paola para cuando cumplí sesenta, se ve que era de calidad, porque salió bueno y es de fresquito, es que en lo de Paola siempre hace calor, así que ni la combinación me puse, porque todas las enaguas que tengo son de calurosas... vaya uno a saber adonde fue a parar esa linda que tenía, esa que era de algodón… hay tanto embrollo en ese ropero… pero yo no puedo sola; pensaba ir caminando despacito, si está a doce cuadras, acá mismo, en Barracas, cerca de la plaza Colombia vive, pero Olga me contó que anteayer le pareció que le querían robar, así que mejor, voy en el colectivo, el verdecito me deja cerca de lo de Paola, pobre, encima que trabaja desde las seis… ya a las cinco tiene que salir de la casa y vuelve tan tarde y el otro vago, Víctor, ahí tirado, ni los chicos le mira, tan chiquitos, hay que ver como entre ellos se arreglan solos, y bué, ella lo quiere, si hasta el vino le trae a la noche, para él, porque ella no toma, y después se le duerme ahí, mirando tonteras en la televisión… para lo que hay que ver..., más valdría que haga otra cosa, qué sé yo; y Paola, pobre, hasta que los chicos se acuestan no descansa un minuto, pero… ¿qué le vas a decir?, si ella es feliz… yo no creo...

No quería llevar ni la cartera porque nunca voy cómoda en el colectivo, así que guardé todo bien en el bolsillo de adentro del camperón, el marrón que es livianito pero de abrigado, era de mi marido… ese si que era un buen hombre, un esposo ejemplar, siempre de buen humor, trabajaba tanto que casi no nos veíamos, pero qué felices que éramos… cuando él llegaba yo, casi siempre, ya dormía, no sé a quién habrá salido tan bueno, porque el padre parece que era de andar por ahí, le gustaba el juego, hasta que un día, Anna, mi suegra, lo echó y le dijo a mi marido: tu padre fue la noche y vos serás el día, y parece que fue así nomás, ella era modista, daba clases, había venido de Holanda y tenía un carácter… ni se la escuchaba, pero cuando decía algo, madre mía… daba miedo, hay que ver cómo le hacían caso todos los chicos del barrio y a mi marido, más de una vez lo dejó castigado sin salir al terreno baldío de la cementera, pobre… miraba sentadito desde el paredón de la terraza a los chicos jugando a la pelota, le hacía pasar cada calor, pero le salió bueno ¿eh?, bah, antes era distinto, los chicos, ahora, no hacen caso, mandan ellos, como los de Paola que la vienen loca…
Salí, con tiempo, hasta la parada del colectivo, están tan rotas las veredas, es una lástima, baldosas buenas todas arruinadas, cosa de romperse un hueso. Casi lo pierdo, porque vino pronto, pensé que no lo alcanzaba a tomar… subí y menos mal que me agarré bien, porque el chofer... parecía que tenía que ir a apagar un incendio de tan apurado que iba, ¿qué va a hacer?, todos andan así, como unos locos, si hay días que no puedo ni cruzar Montes de Oca; me quedé parada adelante, porque atrás estaba de oscuro, no se veía nada y uno qué sabe; pensar que a mis hijos no tenía ni que decirles que se levanten para darle el asiento a una vieja como yo, pero bué… igual el viaje es tan cortito, que ni vale la pena… Yo me bajo siempre en la esquina de la plaza, a una cuadra de lo de Paola y voy todo por la vereda de la iglesia que está más despejada.

Cuando me estaba bajando, ya casi tenía un pie en el suelo, ni pasamanos había... al loco este le viene el apuro de nuevo... y ¡adiós! ¡qué vergüenza…! caí redonda en medio de la calle, es que es tan alto el escalón y ni siquiera se acercan a la vereda…
La muchachita, la que bajó conmigo, me ayudó a sentar en el cordón de la vereda y me pidió que me quedara quieta, parece que la rueda del colectivo me pasó por arriba del pie… yo ni alcanzo a verme. Le dije que Paola me estaba esperando y justo yo me vengo a caer… ¡qué desgracia! La chica ésta se fue a pedir ayuda, yo no sé, para mi no hacía falta, se lo dije, pero ella igual fue. Claro, con el frío que tenía en las piernas ni sentía, estas medias de nylon no abrigan nada, me parece que las que usaba de jovencita venían más gruesas, no sé, en fin… Al volver, me dejó llamar con el teléfono ese, con el celular a Paola y al rato estaban ahí los doctores de la ambulancia, los policías, un montón de gente, todos amontonados, yo no sé, había un barullo...

Cuando vino Paola yo pensé que venía a buscarme, pero no, el doctor le dijo que era mejor que vaya al hospital y me saquen unas radiografías... al final, termino siendo siempre un estorbo... Pobre Paola, no sé ni con quién habrá dejado a los chicos, por la hora digo, bah, ya está medio oscuro, porque ellos igual, se arreglan solos.

No se la ve enojada, es que tiene una paciencia la pobre… Andrea, la otra, es más nerviosa, más cascarrabias. En fin, acá estamos Paola y yo en la sala de guardia, esperando… parece que los doctores no están… vaya uno a saber qué habrá pasado...
Quien hubiera dicho, terminar mi cumpleaños acá, en el Argerich y yo sin combinación...

Más valdría no haber salido…

sábado, 15 de diciembre de 2007

Isabel

Bolsita blanca arrugada en una mano, cabello recogido enmarañando sus años, sus penas, sus broncas, sujetando las ganas, las fuerzas. Isabel. Ojos grandes, párpados caídos tironeados por la tristeza… se me acerca y desarma sus casi sesenta años en lágrimas.
Caminando sin rumbo por el parque Lezama, con intenciones vagas de terminar en la Costanera, la veo, me mira, se me acerca con un comentario suelto y común que parece haber repetido tantas veces acerca del calor de la tarde…
Sonrío y ella empieza a mostrar recortes de su vida, piezas, partes con los tiempos algo mezclados, desordenados tal vez… que lógicamente voy armando como un rompecabezas… por momentos me cuesta entenderla, no conozco nada de ella y su cabeza parece ir y venir por sus historias, desahogándose al hablar .
Detalla diecisiete años de matrimonio “feliz” que terminaron aquella tarde en que, por el inminente paro de colectivos, la patrona le permitió irse a casa unas horas antes y, al llegar, encontró en su cama a quien más tarde sería la segunda esposa de su marido… Ese año, el de sus treinta y cuatro, despiadado, intentó apagar su alma por completo, con la muerte de su padre enfermo y la de su madre, poco después, hundida en la tristeza.
Sola, perdida, nadando entre el desgano y el dolor, más desorientada que ahora, según dice, perdió la habitación donde vivía, y todo lo poco que tenía quedó en el hotel.
Una tarde, cerca del riachuelo, caminaba con la mirada deslizándose lenta por el empedrado, mirada que la voz de él se animó a levantar. Él, Carlos, el amor de su vida. Una revancha que le ofreció el destino, sintetiza. Se aferró a él tanto como se entregó. Compañero es la palabra que utiliza para definirlo y se ve agradecida al decirla, pero, en su cara, la sonrisa no aparece… Yo no soy de andar preguntando, entonces espero a que, si quiere, me cuente…
Isabel me desconcierta. Lleva la mano desocupada a su cara con un movimiento rápido y se quiebra en un llanto suave, silencioso, pero profundo y persistente. Dejo que llore, parece necesitarlo… poco después, seca un par de lágrimas que bordeaban su mejilla izquierda y explica su desesperación por no saber que hacer, hace veinticinco años que está junto a Carlos y se quieren, se respetan… pero hace casi dos que no lo ama, no lo desea, se siente mal al rechazar sus besos, sus caricias, sabe que él la ama y ella no puede corresponderle, trata de hacerme entender que se deja de amar –como si yo no lo supiera…- no se siente feliz, pero no quiere abandonarlo y esto hace que caiga en momentos de terrible depresión, que hasta haya intentado quitarse la vida, según cuenta…
Dice sentirse sola, me pide un consejo, considero que no corresponde que acuda con lo que pide y a cambio, poco a poco, voy ayudándola a armar una lista de todo aquello que tiene adentro para dar, de lo que amablemente la rodea y de ese montoncito de motivos para vivir que parece esconderse de su mirada.
Me abraza, sonríe, sonrío, se aleja caminando por donde vino.

CARICIAS DE GUITARRA


“Es mágico, increíble, no sé cómo explicártelo” decía anoche Catalina cuando, para no perder la costumbre, hablábamos por teléfono. Viniendo de ella, creo que es tan mágico lo que está viviendo como increíble que piense que no logra explicármelo, pero bueno, parece ser que hace tiempo busca ponerle palabras, adjetivos o algo que pueda definir lo que siente y nada la contenta, nada le basta, todo le resulta poco… Me contaba de las noches, pocas y tantas a la vez, compartidas con Adrián, de dormir a su lado -es, para que entiendas, como si él me recostara, con una dulzura desconocida por mí, sobre una tierna nubecita que me va transportando suavemente al sueño. Estar, así (imagino la cara que debe estar poniendo al decir ese “así”), entre sus brazos y su piel con la mía, hace que el acto de dormirme, ese momento sea en una paz enorme, absoluta. Me siento plena y así me entrego al sueño y así duermo y así despierto y es hermoso- decía Catalina y, a mi, sólo se me representa un único momento vivido, con características similares, diría… Fue hace años, le cuento, pero fue sólo un despertar, después de una linda siesta de la cual salí despacito, lentamente en brazos de la dulzura de unos acordes que aparecían como “caricias de guitarra” para mi alma.